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SANGRIENTA BURLA A LA ONU Y AL MUNDO

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Investigador y consultor de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País, el día 14 de mayo de 2012


Tan pronto como los observadores desarmados de la ONU abandonan una ciudad siria, las fuerzas represoras del régimen de Bachar el Assad reanudan el matadero, triturando el alto el fuego falsamente aceptado por el gobierno represor pocas semanas atrás.  Nueva burla a los esfuerzos del mediador de la ONU, Kofi Annan, que nuevamente ha declarado intolerable la actuación gubernamental. Pero esa actuación continúa con toda desvergüenza porque el régimen opresor se sabe firmemente respaldado por Ru­sia y China, y muy especial­mente por la primera, la Rusia de Putin.

Este último, al ser interrogado ante las cámaras por su sistemática posición favorable al gobierno sirio en el Consejo de Seguri­dad, respondió en tono airado y con inaudita desfachatez: “Nuestra posición sobre Siria está enfocada  a la futura reconciliación de aquella sociedad.”  Hermosas palabras si no fuera por la pestilente dosis de fal­se­­dad, cinismo e hipocresía que destilan. Sostener hoy a El Asad y mantener su sangrienta conti­nui­dad, invo­cando la futura reconci­liación de su pueblo, equivale a lo que hubiera sido, en la ex Yugoslavia de 1995,  defender la continuidad de los grandes asesinos Karadcik y Mladic, propugnando la prolongación de sus crímenes con el grotesco argumento de “favorecer la futura reconciliación” de serbios y bosnios.

Los horrores perpetrados por las tropas de El Asad contra la población civil vienen siendo denunciados dramá­ti­camente por muy diversas y autorizadas voces. Empezando por la del actual secretario general de la ONU, Ban Ki-moon: “Estamos viendo” –dijo- “que se bombardean vecindarios de forma indiscriminada, que se emplean hospitales como centros de tortura, que se abusa de niños de diez años, etcétera. Se trata, con absoluta certe­za, de crímenes contra la humanidad.” En efecto, los testimonios señalan que a los heridos por el ejército se les impide el acceso a los hospita­les, lo que obliga a atenderlos precariamente en edificios privados, donde finalmente son localizados, tortura­dos y masa­crados. “Es una violencia ciega y sin límites. Me recuerda a la de Sarajevo”, afirmaba un destacado testigo, Antoine Foucher, alto responsable de Médicos sin Fronteras.

A su vez, la enviada de la ONU a Siria, Valerie Amos, declaraba a Reuters, refiriéndose al barrio de Bab Amro, el más duramente atacado de Homs: “Está completamente destruido. Estoy preocupada por saber dónde está la gente que vivía ahí.”  En efecto, cuando ella llegó al lugar, acompa­ñada de una misión de la Media Luna Roja, encontró Bab Amro sumido en un vacío sepulcral. 

Las grandes cantidades de combustible y equipo militar que el régimen necesita para cubrir el gran con­su­mo de sus incesantes operaciones represivas con abundante des­plie­gue de armamento pesado, siguen lle­gan­do a los puertos sirios (precisamente procedentes de Rusia, qué casualidad). Ante el bloqueo del Consejo de Segu­ridad por el repetido veto de Rusia y China, la Asam­blea General respaldó la resolución de 16-2-12 presen­tada por la Liga Árabe (y apoyada por el voto de 137 países), resolución que propugna una firme actuación internacional respecto a Siria basada en estos tres pila­res: transición pacífica a la democracia, elecciones li­bres, y alejamiento del poder de Bachar El Asad. Resolu­ción que –como subrayaba en estas páginas el em­ba­ja­dor y eurodiputado Emilio Menéndez del Valle- “no tiene valor vincu­lan­te por no estar respaldada por to­dos los miembros del Consejo, pero sí lo tiene, y muy alto, político y mo­ral.”

El favorecer la continuación de la barbarie criminal con el extravagante pretexto de la futura reconci­liación constituye un alarde del más venenoso cinismo. Esa futura reconciliación exige, por el contra­rio, el poner fin sin pérdida de tiempo a los crímenes que, en caso de continuar, la harán imposible por varias gene­raciones de odio y rencor. En los crímenes colectivos –el caso yugoslavo resulta revelador-, cuan­to más se acumulan las crueldades en cantidad y calidad, más se envenenan los senti­mien­tos y la memo­ria de las sociedades que las padecen, creando grandes posos de veneno y odio inextin­guible, que en su día emponzoñarán y dificultarán los futuros intentos de reconciliación. Pues en las grandes masacres, humilla­ciones y aniquilamientos colecti­vos son muchos los miles de víctimas que sobreviven con unas heridas aní­mi­­cas tan traumáticas que no ter­mi­nan de cicatrizar jamás. Heridas cuyo dolor se conserva en sus entrañas hasta la muerte, y que solo futuras generaciones conseguirán superar. Un dolor tanto más penetrante y duradero cuanto más se haya prolongado la barbarie, cuan­to mayor sea el número de crímenes perpe­tra­dos y el número de fosas comu­nes sembradas para la poste­ridad.

Al cumplirse 13 meses del estallido popular contra el gobierno sirio, las víctimas causadas por éste se estiman en más de 9.000 muertos (en su mayoría civiles desarmados), varios miles de desapare­ci­dos (tal vez ya en fosas comunes), 35.000 huidos a las vecinas Turquía, Líbano y Jordania, y unos 200.000 desplazados, huidos de sus casas, pero que permanecen ocultos dentro del país. La comunidad internacional pretende cortar esta sangría de muerte y sufrimiento mediante adecuadas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Pero Rusia lo ha impedido ya por dos veces. No olvidemos que Putin trabaja –dice- “para la futura recon­ciliación”.


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