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IRRESISTIBLE AMOR POR LA DESIGUALDAD

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Investigador y consultor de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País, el día 15 de febrero de 2012


Aman fervorosamente la desigualdad. La adoran, la necesitan, la defienden como un valor esencial. No pue­den evitarlo. Lo llevan en sus genes. Para empezar, ya en aquel primer acto electoral de 2012 (los caucus de Iowa), los siete candidatos iniciales del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos nos dieron una rotunda lección al respecto. Allí señalaron sus diferencias y peculia­ridades, pero sobre todo hicieron notar su más notable coincidencia: su rechazo unánime a la reforma sanitaria emprendida por el presidente Barack Obama. La más explícita fue la única mujer de aquellos siete aspirantes, fuerte­mente vincu­lada al Tea Party, la congresista Michele Bachmann, quien, al comunicar su abandono de la carrera presi­dencial, mani­festó con rotundidad: “De todas formas, seguiremos luchando enérgica­mente con­tra la línea socialista del pre­si­­dente Oba­ma.”

Línea socialista. Horror. Tendencia hacia la igualdad. Propósito de que todos los estadounidenses tengan al menos un derecho común: el acceso a la asistencia sanitaria. Es decir, relativa igualdad en un área funda­mental. Intolerable. Poderosas voces se alzan contra tan inadmisible pretensión. “Comunista”, “an­ti­ame­ricano”,“bolchevique”,“un pe­li­gro para la nación”, así califica cada día a Ba­­rack Oba­­ma el fanático pero muy escuchado comunicador ultrade­rechista Glenn Beck, escritor, activista, destaca­do pre­sen­tador del reac­cionario canal Fox de televi­sión y una de las más potentes voces del Tea Party Move­ment.

Una de las más obscenas manifestaciones de esa posición política, filosófica y social radicalmente enemiga de la igualdad, nos la sigue ofreciendo el sector sanitario estado­uni­dense, negocio de dimensio­nes colosales, en manos de una serie de to­do­poderosas sociedades asegura­doras y farmacéuticas, regidas por una elite sin escrúpulos. Tal como precisó en su día en estas páginas Timothy Garton Ash, los beneficios de las diez primeras asegura­doras estadounidenses subieron un desco­munal 428% entre 2002 y 2009. Es decir, un voraz 61% de incremento anual.

¿Cómo el estado más rico del planeta puede mantener a unos 50 millones de sus ciudadanos desasis­tidos médica­mente, a pesar de los esfuerzos históricos de muy destacados estadistas demócra­tas –Roo­sevelt, Kennedy y Clinton, entre otros-, siempre fraca­sados frente a las fuerzas del ciclópeo bunker defensor de los más privilegiados, en detrimento de los más desprotegidos? Obama llegó haciendo suya aquella línea refor­mista, con renovado empuje. Su proyecto, anunciado en 2009, de un seguro público que cubriera los grandes huecos no alcanza­dos por las aseguradoras privadas, fue calificado por los eximios patriotas del partido republicano como una “medida socialista”, o como un inde­seable “interven­cionismo bolchevique” –una vez más- de tendencia vergonzo­sa­mente iguali­taria, que a toda costa urgía liquidar.

La explicación de este penoso fenómeno es de una brutal evidencia. Esas firmas asegu­radoras man­tie­nen sus espléndi­das ganancias sobre la base de cuotas muy elevadas, pagadas para mu­chos millo­nes de norteame­ricanos por las propias empresas en las que trabajan. Con el dios Mercado hemos topado. Su desca­ra­da postura queda muy clara: lo nuestro –alegan- es la absoluta libertad de mercado sin ningún tipo de nociva interferencia estatal. Lo nuestro es el bienestar, el bienestar in­dividual, el mío y el de los míos, el de mi grupo social. Ese seguro de enfermedad gestio­nado por el Estado, para que alcance a todos los estadouni­denses, tal como propone Obama, es una idea subversiva de concepción socia­lista. Si ese seguro llegara a afian­zarse, con su nefasta pretensión igualitaria, el Estado se conver­tiría en competi­dor ventajoso de nuestras asegurado­ras privadas, y éstas tendrían que bajar fuertemente sus primas. “Esto rebajaría drástica­mente nues­tras ganancias”, piensan las grandes aseguradoras. Y numerosos ciudadanos ya confortablemente asegurados piensan a su vez: “Esta pre­tensión de dar asistencia médica a todo el mundo deterioraría irremediable­­mente la cali­dad de los servi­cios y prestaciones de los que ya gozamos. Intolerable perjuicio para nosotros y nues­tras familias. Si para estar noso­tros bien atendidos tiene que haber 40 ó 50 millones de desgraciados hundi­dos en la miseria sanitaria y asis­tencial, que sigan en la miseria”, se dicen los aguerridos tea-parti­da­rios. “Todo menos alterar nuestra firme jerarquía de valores, la de los buenos patriotas americanos.”

Ante todo, la patria: la gran patria privada, intrínsecamente desigual, aguda­mente insolidaria, visce­ral­mente enemiga de toda interven­ción pública en el mercado. Que nadie nos toque nuestro suculento balan­ce empre­sarial, que nadie nos prive de nuestros bonus astronómicos, que nadie pretenda aminorar los pingües beneficios que nos reporta un sistema de asistencia privada ventajosamente controlado por nuestros podero­sos lobbies y corporaciones, cuya meta –todos lo sabemos- no es precisamente la igualdad.

La realidad es cruda, pero demasiado evidente: un profundo sustrato social, un amplio sector de la sociedad estado­uni­dense –y no sólo el negociante millonario- se nutre precisa­mente de la desigualdad, nece­sita y exige grandes dosis de ella, es adicto a ella, se afe­rra a ella y la defiende con uñas y dientes como uno de los pilares más propios de aquella sociedad. De una sociedad endurecida e insolidaria que asu­me simul­tánea­mente la admiración por los triunfadores y el profundo desprecio a los perdedores, cuya desgracia y desvali­miento con­si­dera como fruto de un proceso selectivo justo y natural.

Su firme profesión de fe, desvergonzadamente adicta a los brutales excesos del capitalismo más desa­­fo­rado, puede resumirse así: Seamos buenos ciudadanos americanos. Atengámonos a nuestras caracte­rísticas, a nuestras tradiciones, a nuestra jerarquía de valores. Dejémonos de ideas ajenas, subversivas, izquier­distas, comu­nis­tas en el fondo. Que todo el mundo se entere: ésta no es una economía socialista. Lo nues­tro es el capitalismo salvaje, desregulado y ultraliberal. Es así como nos va bien. El que quiera otra cosa que se vaya a Corea del Nor­­te.

El pretendidamente moderado y también candidato republicano Mitt Romney acaba de proferir esta joya dialéctica: “Este presidente quiere convertir Esta­dos Unidos en una sociedad de servicios públicos obligatorios al estilo europeo” (terrible acusación, santo Dios). Y, a continuación, precisa su brillante  hallaz­go: “Mien­tras Obama se inspira en las capitales de Europa, nosotros miramos a las peque­ñas ciudades de Amé­rica.” Toda una definición de lo deseable y lo indeseable. Qué feo y qué poco americano, disponer de servicios médicos “al estilo europeo” en las grandes ciudades, con todos sus enfermos –qué vergüenza- atendidos de forma indiscri­minada, sin el debido respeto a las categorías establecidas. No es eso lo que él quiere para su país. En cambio, qué panorama más estimulante le resulta el de las pequeñas ciudades de  su tierra, con su inevi­table porcen­taje de enfermos tirados y abandonados, rechazados por un sistema médico incapaz de atenderles, pues el hacerlo sería una medida demasiado igualitaria, demasiado izquierdista, dema­siado anti­americana.

Aunque la ley de reforma conseguida trabajosamente por Obama (su máximo logro legislativo) no entra en vigor plenamente hasta 2014, las autoridades demócratas gobernantes han iniciado gradualmente su aplicación. Según informó Dan Pfeiffer, director de comunicaciones de la Casa Blanca, gracias a la reforma “un millón más de jóvenes tienen ya seguro de salud, y las mujeres están teniendo acceso a mamografías y servicios preventivos sin pagar ni un centavo más de su bolsillo.”

Pero los enemigos de estos logros no cejan en su propósito de poner fin a estos excesos asistenciales, tan abusivamente socializantes.  Más de 30 tribunales han recibido demandas contra la reforma, tachándola de anticonstitucional. Algunas de tales demandas han sido rechazadas, pero otras han sido admitidas. Recien­te­mente, el gobierno de Obama recurrió una de estas resoluciones adversas a la reforma ante la Corte de Apelaciones de Washington, la cual refrendó su carácter constitucional.

Dada la diversidad de resoluciones dictadas, el tema –peliagudo por su inmensa repercusión social- ha pasado al Tribunal Supremo. El cual ha admitido a trámite las querellas presentadas contra la refor­ma sanitaria, anunciando que será en el próximo marzo cuando iniciará el debate oral. Esto desplaza el choque, situándolo ya en plena campaña electoral para los comicios presi­denciales del presente año.  

A partir de marzo, los vetustos magistrados vitalicios de la muy peculiar institución tendrán ocasión de escuchar, por un lado, los argumentos progresistas del Gobierno Federal, y por otro, las alegaciones ad­ver­­sas de una serie de gigantes empresariales y de los 26 Estados gobernados por los republicanos. ¿Logrará finalmente Obama lo que ya intentaron antes que él otros siete presidentes, empeñados en establecer la asistencia médica para todos sus conciuda­danos, sin conseguirlo nunca a lo largo de la historia de su país?


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