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JAVIER PRADERA EN TIEMPOS DE PRETRANSICIÓN

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Investigador y consultor de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País (Edición Digital), el día 21 de noviembre de 2011


La noticia de la muerte de Javier nos ha golpeado en plena vorágine mediática de la jornada electoral, y en la misma fecha en que aparecía en el periódico su último y potente artículo. Me limitaré, en este recuerdo, a señalar dos episodios en los que quedó fuertemente reflejada la personalidad, generosidad y sabiduría de Javier, en dos ámbitos que confluyeron cronológi­ca­­mente en aquel convulso e inolvi­dable verano-otoño de 1975. Es decir, en tiempos previos a la Transición y al nacimiento de El País.

En aquellas fechas, Javier, como director literario de Alianza, tenía entre sus responsa­bilidades y decisiones pendientes una muy concreta: la valoración de mi primer libro de sociología militar, con vistas a su posible publicación. Su papeleta no era pequeña. Aquel libro, en aquellas fechas, era dinamita pura, pues incluía, entre otras cosas, mi propuesta, aunque cuidadosamente razonada, de introducir en el ordenamiento jurídico de nuestras Fuerzas Armadas el derecho de desobediencia frente a las órdenes delictivas (derecho hoy asumido, pero entonces legalmente rechazado). El jurado calificador que había otorgado a aquella obra uno de los premios Ejército de 1974 no se percató en principio de su verdadero contenido, pero a posteriori recibí la indicación de que debía someterlo a la autoridad militar corres­pondiente. Cosa que, amparándome en el premio recibido y en la cobertura editorial, conseguí evitar. Estábamos en aquellos tremendos meses de la segunda mitad de 1975: arresto y procesamiento de los oficiales de la UMD, aten­tados de ETA y del FRAP, nueva ley antiterro­rista,  juicio sumarísimo de El Goloso, fusilamientos de septiembre, san­grien­ta aparición del GRAPO, última enfermedad del dicta­dor.

En aquel contexto tan adverso, la atrevida decisión de Javier -cálidamente apoyada por José Orte­ga, entonces propietario de la Editorial- consistió en incluir mi libro en su prestigiosa colección de bolsillo. Ello situó mi ensayo en una página concreta de su catálogo, página cuyos nombres me cortaron la respiración: desde Freud y Goethe hasta Joyce y Stendhal, pasando por Melville, Borges, Machado y Bertrand Russell, todos ellos en la inmediación anterior y posterior a mi nombre. Inaudita compañía para mi opera prima. Nadie hubiera podido prestar a mi obra un blindaje de mayor solidez.

Fue precisamente en aquellos mismos meses, y en aquel mismo tenso y complejo contexto pre­transicional, cuando se produjo el otro episodio al que me refiero. El entonces príncipe Juan Carlos se hallaba en una compleja e incómoda situación. La enfermedad que había sufrido el general Franco el año anterior había dado lugar a que éste le designara jefe del Estado a título provisional, pero recuperó después el poder al restablecerse en grado sufi­ciente. Ante la posibilidad de que esto volviese a suceder, dada la nueva situación de gravedad del dictador, y preocupado por el desairado papel de "quita y pon" que esto significaría para él, el entonces príncipe decidió efectuar una consulta delicada y no precisamente sencilla. A tal efecto encargó a un hombre de su plena confianza, el duque de Arión, establecer clandesti­na­mente y con la máxima precaución un contacto con la Unión Militar Demo­crática. Se trataba de consultar y tantear la posibilidad de si aquella organización militar anti­franquista, la UMD, estaba en condiciones de apoyar su posición en caso de que él tuviera necesidad de oponerse a una nueva recuperación del poder por parte del dictador. El duque, a efectos de cumplir su delicado encargo, buscó un eficaz contacto, y ese no fue otro que Javier Pradera.

Javier, a su vez, contactó conmigo. No le resultó difícil, pues en aquel momento convergían en mí dos factores concurrentes. Por una parte, eran frecuentes los contactos lógicos que él, como editor, mantenía entonces conmigo, como autor de una obra en proceso preparatorio de publicación. Por otra parte, yo había asumido la defensa de uno de los oficiales procesados de la UMD, lo que justificaba mis frecuentes contactos con éste en la prisión. Ni Javier ni yo conocíamos entonces el objetivo de aquel contacto, simplemente se nos pedía que colabo­rásemos clandestinamente a establecerlo. A tal efecto me explicó de quién venía la petición, encargándome que informara de ello a mi defendido, con objeto de que éste, a su vez, hiciera llegar el encargo a los responsables -encarcelados o no- de la organización. Así se hizo.

La organización designó a uno de sus miembros más calificados, que se desplazó desde Barcelona a Madrid, a efectos de mantener el contacto solicitado, aunque desconociendo todavía su finalidad. Con todas las precauciones exigidas por el hecho de hallarse las familias de los procesados, así como sus defensores, sometidos a permanente control telefónico, se efectuó el contacto entre el duque y el representante de la UMD. El encuentro secreto, facilitado por Javier, se materializó precisamente en una de las instalaciones industriales de Alianza Editorial. Conocida la consulta por el representante de la UMD, se acordó que, dada la magnitud del tema, éste sería debatido en el seno de la organización, y posteriormente se efectuaría otro encuentro similar.

Ese segundo encuentro no llegó a producirse nunca, pues en el intervalo el dictador sufrió un mortal agravamiento y falleció. Pero Javier, una vez más, había demostrado su capacidad de riesgo, de inteli­gencia, y de conspi­ración en favor de la democracia. Cualidades que, como luchador antifran­quista, ya tenía acredi­tadas desde muchos años atrás.   

Hasta siempre, Javier.

  


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