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ESMA: PRISIÓN PERPETUA PARA LA JAURÍA

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Consultor e investigador de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País, el día 12 de noviembre de 2011.


La terrorífica jauría de secuestradores, torturadores y asesinos de la Escuela de Mecánica de la Armada, cuya siniestra sigla (ESMA) fue motivo de horror en Argentina durante años de crímenes abomi­nables y posteriores décadas de vergon­zosa impunidad, acaba de ser, al fin, sentenciada por la justicia argentina. Aquellas fieras desalmadas, conocidas por sus famosos nombres y sobrenombres, como el “Tigre” (Jorge Acosta), el “Angel de la muerte” (Alfredo Astiz), el muy temido “Serpico” (Ricardo Miguel Cavallo), además de otra serie de colegas de su mismo cuerpo militar, todos ellos oficiales de la Marina argentina de diversas graduaciones, destinados por aquellos años 70 en aquel indecen­te centro do­cen­te, reciben al fin su merecido castigo. Recordemos que la ESMA fue el mayor de los centros clandestinos de detención de aquella dictadura, por el que pasaron miles de víctimas secuestradas y hoy desapare­cidas, de las cuales unas 3.000 fueron arrojadas al mar por los vuelos de la muerte.

Cierto que Astiz ya fue sentenciado a cadena perpetua por la Cour d’Assises de París hace nada menos que 21 años (1990) por el secuestro y asesinato de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Pero lo fue en ausen­cia, y su extradición fue denegada en su momento por un gobierno argentino muy posterior a la dictadura.

Cierto tam­bién que Cavallo fue capturado en México en 2000 y extraditado a España en 2003, todo ello a requerimiento de la Audiencia Nacional, donde el juez Baltasar Garzón instruyó su causa por varios años y donde la Fiscalía solicitaba para él una pena, minuciosamente calculada, de 13.000 a 17.000 años de prisión, bajo diversas hipótesis de imputación. Moderada cifra, comparada con la cadena perpetua ahora dictada en su país. En términos crono­lógicos rigurosos, unos cuantos mi­le­nios siem­pre son menos tiempo que la interminable perpetui­dad. Pero, final­mente, Ca­va­­llo fue re­cla­­ma­do por Argentina y extra­ditado para ser juzgado allí, una vez anulada la ley de Punto Final de 1986 y la de Obediencia Debida de 1987, así como los posteriores indultos de 1989 y 1990.

A su vez, su colega Adolfo Scilingo, también marino de la ESMA (autor confeso del lanza­miento al mar de 30 personas, narcotizadas pero vivas, en dos vuelos de la muerte), de forma sorpresiva y atolondrada se presentó en Madrid al propio juez Garzón. Como conse­cuencia de ello, y pese a que trató de retractarse de sus detalladas confesiones, permanece aún en la cárcel de Alcalá-Meco, conde­nado a la también moderada pena de 1.084 años de prisión por nuestro Tribunal Supremo, que elevó a esa cifra la senten­cia previa aún más moderada (640 años) que en 2005 le había impuesto por aquellos crímenes la Audiencia Nacional.  Poca cosa, comparada con la perpetua que ahora le hubiera correspondido en su propio país.

Recordemos igualmente que el ya fallecido almirante Emilio Massera, miembro de la primera Junta (1976-80) y res­ponsable máximo de los horrores perpetrados por la Armada, incluida la ESMA, fue conde­nado a prisión perpetua en 1985, pero el segundo indulto del presidente Menem lo devolvió a la libertad a finales de 1990.

Sin embargo es ahora, precisamente ahora, ya sin indultos, sin autoamnistías, sin obediencias debidas ni puntos finales, cuando llega por fin la madre de todas las condenas, la culminación de innumerables esfuerzos en pro de la justicia, la auténtica hora de la desnuda verdad. Es ahora cuando la Justicia argen­tina (Tri­bunal Oral Federal Nº 5) se pronuncia con un fallo contundente sobre las responsabi­lidades individualizadas de cada uno de los miem­bros del nutrido grupo de marinos militares, jefes y oficiales que, año tras año, entre 1976 y 1983 (con máxima acumulación en el período 1977-78) protagonizaron los horrores crimi­nales allí perpe­trados.

Una de las claves de la calaña moral de los ahora condenados nos la proporciona la frase de uno de ellos, el ‘Tigre’ Acosta, que en pleno juicio calificó al gobierno de Kirchner de “montonero proterrorista”. En otras palabras, también los Kirchner y sus seguidores debieron ser patrióticamente eliminados y desa­pa­recidos en aquellos años 70. Según estos fanáticos criminales, esa fuerza democrática, hoy arrollado­ramente mayoritaria en aquella sociedad, también debió ser exterminada en su día, formando parte de lo que ellos llamaban “la sub­versión”.

Finalmente, tras un largo juicio de casi dos años­, los jueces Ricardo Farias, Germán Castelli y Daniel Obli­gado han emitido la sentencia tan largamente esperada, y públicamente leída para conoci­miento general: prisión perpetua para los reos Jorge Acosta, Alfredo Astiz, Ricardo Miguel Cavallo, Julio César Coronel, Adolfo Miguel Donda, Alberto Eduardo González, Oscar Antonio Mon­tes, Antonio Pernías, Jorge Carlos Rádice, Néstor Omar Savio, Raúl Enrique Scheller y Ernesto Frimón Weber, como respon­sables de delitos de privación ilegítima de la libertad, tormentos y homicidio. Igualmente, resultan conde­nados a 25 años de prisión Juan Carlos Fotea Dineri y Manuel Jacinto García Tallada, a 20 años Carlos Antonio Capdevilla, y a 18 años Juan Antonio Azic.

Siempre habrá quien afirme que estos jui­cios y condenas tan tardías no tienen sentido ni efecti­vidad real. Cra­­­­so error. Su efecto aleccionador es insustituible, su legitimidad es absoluta y su justifica­ción, total.

 


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