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LA HABITUAL NEGACIÓN DEL HORROR

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Ex investigador de la CEH (Comisión de Esclarecimiento Histórico de la ONU sobre Guatemala).
Autor de “El genocidio de Guatemala a la luz de la Sociología Militar” (Sepha, 2005)
Investigador y consultor de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en La Vanguardia, el día 22 de septiembre de 2011


Las mayores atrocidades colectivas son habitualmente negadas por sus autores. Así sucede tam­bién en Guatemala, donde el genocidio perpetrado contra las comunidades mayas entre 1978 y 1983 por los militares y otras fuerzas a sus órdenes es negado por sus ejecutores.  “Genocidio hubo en Bosnia, no aquí”, dijo en su momento uno de los máximos genocidas guatemaltecos.  Pero, a su vez, los genoci­das serbobosnios también niegan haber cometido genocidio alguno. Siempre es así.

Hoy, ante ciertas acciones judiciales, los perpetradores guatemaltecos siguen pretendiendo negar lo abrumadoramente innegable. Los genocidas siempre creen que sus atrocidades quedarán desconocidas e impunes. Recordemos  –salvando las distancias correspon­dientes- lo sucedido en la Alemania nazi. Cuando alguien insinuó ante Hitler que convenía limitar los excesos del holocausto, éste refutó así el argumento de los pusiláni­mes: “Man­­­ten­­gamos con la máxima dureza nuestra línea implacable contra los enemigos del Reich. Cuan­to más lleve­mos al extremo el exterminio de nuestros enemigos, cuanto más colosales sean las dimen­siones de nues­tra tarea de limpieza, cuanto más ambiciosos y brutales seamos en ese propósito, menos podrá ser creída, ni conocida, ni reprobada nuestra actuación.”  A lo que añadió: “¿Quién se acuerda hoy de lo ocu­­rrido con los arme­nios en 1915? Nadie conoce lo que ocurrió allí, y nadie lo creería aunque alguien lo dijera. Lo mismo sucederá con lo que nosotros hacemos aquí.”  Con estas palabras el führer se refería al genocidio cometi­do por los turcos contra la población armenia en plena Gran Gue­rra Euro­pea, inmensa ma­­tanza (con más de un millón de víctimas en 1915-16) de la que nadie hablaba 25 años des­pués. Como si nunca hubiera sucedido.

Pero este planteamiento negacionista ignoraba un invento que iba a producirse en las últimas dé­ca­­das del siglo XX: las llamadas Comisiones de la Verdad. Documentos masivos, basados en la trabajo­sa acu­mulación de miles de testimonios, sistemática y rigurosamente obtenidos, de quie­nes presen­ciaron los crímenes, de los familiares y víctimas supervivientes, de documentos inequívocamente demostra­tivos, e in­­clu­so –curioso fenómeno que siempre surge- de la aportación testimo­nial de un cierto número de per­pe­tradores que, sin haber sido acusados ni convo­ca­dos por nadie, comparecen voluntariamente ante la co­mi­sión investigadora y propor­cionan contun­dentes datos reveladores de la verdad. Así ha sido también en Guatemala. Siempre es así.

 


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