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EL ENTIERRO DEL CÓNDOR

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en La Vanguardia (Barcelona), el día 22 de mayo de 2006.


Hace escasas fechas, y en un intervalo de muy pocas horas, cinco militares uruguayos y un policía fueron arrestados en diversos puntos de Uruguay. Los arrestos fueron efectuados por orden de la justicia uruguaya, a requerimiento de la justicia argentina, que reclama su extradición.

En efecto, cumpliendo la orden judicial, la ministra uruguaya de Defensa, Azucena Berrutti ordenaba al jefe del Ejército, teniente general Carlos Díaz, que se procediera a la detención inmediata de los coroneles Ernesto Rama, Jorge Silveira, Gilberto Vázquez, y el teniente coronel José Nino Gavazzo, así como del capitán José Ricardo Arab y del oficial de policía Ricardo Medina, todos ellos retirados. La petición de captura y extradición había sido remitida desde Buenos Aires por Eduardo Luis Duhalde, Secretario de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia argentino, e incluía también al que fue comandante en jefe del Ejército de Uruguay, teniente general Julio Vadora. Pero éste había fallecido meses atrás.

Todos ellos aparecen como imputados por su participación en el secuestro en Buenos Aires, en 1976, de la ciudadana uruguaya María Claudia García Iruretagoyena, esposa del argentino Marcelo Gelman, hijo del poeta Juan Gelman (bien conocido en España y galardonado con el Premio de Poesía Iberoamericana Reina Sofía 2005). El cadáver de Marcelo Gelman apareció en la capital argentina poco después de su secuestro. En cambio, su esposa Claudia, embarazada de siete meses, fue trasladada por sus secuestradores a Uruguay. Esperaron a que diera a luz y posteriormente la asesinaron. Su hija fue entregada en adopción a un matrimonio uruguayo sin hijos, que desconocía el origen de la criatura. Muchos años después, la hija (ya mujer de 24 años) fue inequívocamente identificada en el año 2000 mediante pruebas de ADN, gracias a la infatigable investigación de su abuelo y al apoyo del entonces presidente uruguayo Jorge Batlle.

Este tipo de secuestros e intercambios, acompañados de torturas y asesinatos, estaban a la orden del día en aquellos años de plomo y horror. El llamado Plan Cóndor, establecido secretamente entre las dictaduras del Cono Sur y descubierto muchos años después, permitía a militares de aquellos ejércitos desplazarse libremente por los diversos países implicados, secuestrar a supuestos subversivos en un determinado país (con independencia de su nacionalidad), conducirlos clandestinamente a otro, torturarlos y asesinarlos en el país donde más conviniera a los propósitos de sus planes represivos.

Así, un grupo de oficiales uruguayos entraba en Argentina o en Chile, y, con la colaboración de los servicios secretos militares de estos países, secuestraba a ciudadanos argentinos (caso Gelman), o a algún ciudadano chileno (caso Berríos) o a importantes ciudadanos uruguayos en territorio argentino (caso de los parlamentarios Michelini y Gutiérrez), los torturaba y eliminaba in situ, o bien los trasladaba a su propio territorio para efectuar un trabajo de mayor minuciosidad y duración. A diferencia del recién citado caso Gutiérrez-Michelini (cuyas víctimas, después de ser vistas en el centro clandestino bonaerense denominado  ‘Automotores Orletti’, aparecieron torturadas y asesinadas en el propio Buenos Aires), Claudia, en cambio, después de estar encerrada en aquel mismo antro clandestino, fue trasladada a Uruguay en compañía de otras personas uruguayas, también secuestradas en Argentina, pero que, años después, recuperarían la libertad en su propio país. No tuvo tanta suerte la infortunada Claudia, cuyos restos son buscados todavía en ciertos terrenos militares, con apreciables posibilidades –según se informa- de que lleguen a ser hallados, identificados y devueltos a su familia.

Hace pocas semanas, otros tres jefes militares uruguayos fueron extraditados y entregados, esta vez a la Justicia de Chile, para ser juzgados en Santiago por su participación en el secuestro y asesinato del bioquímico chileno Eugenio Berríos.

Hoy, aquel siniestro Cóndor que sobrevolaba las fronteras, ríos y cordilleras, haciendo posibles aquellos horrores, está muerto y enterrado. Aquellos grupos de asesinos y torturadores uniformados que cruzaban libremente aquellas fronteras para cometer sus crímenes, vuelven a cruzarlas 25 ó 30 años después. Pero ahora lo hacen conducidos bajo nutrida custodia policial, en situación de detenidos y extraditados, para comparecer ante la Justicia de aquellos mismos países por los que campaban con la más absoluta impunidad y donde perpetraron sus secuestros, sus torturas y sus asesinatos. Nadie podrá negar que se trata de un cambio positivo y esperanzador.


Páginas relacionadas:

Caso Pinochet y Dictadura militar en Chile

Crímenes de Genocidio y Contra la Humanidad

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