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LA UNIVERSIDAD DE LA YIHAD

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País, el día 3 de marzo de 2006.


La aparición de nuevas y escandalosas evidencias fotográficas sobre los tratos crueles, inhumanos y extremadamente degradantes que los carceleros militares estadounidenses infligían a los prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib en el año 2003, y que produjeron un terremoto mediático al emerger a la luz pública en la primavera del 2004, vuelven a indignar a la opinión internacional al difundirse otra escalofriante colección gráfica sobre aquellos excesos, emitida por la cadena de televisión australiana Special Broadcasting Service (SBS). Un responsable de ésta precisó que la cadena renunció voluntariamente a incluir en las imágenes ahora difundidas las numerosas fotos en las que aparecían manteniendo relaciones sexuales el sargento Graner y la recluta Lynndie, ambos ya condenados a varios años de cárcel por su participación en los graves abusos cometidos contra los presos en 2003.

El asesor legal del Departamento de Estado John Bellinger ha reconocido que las fotos recientemente difundidas “son repugnantes y muestran conductas reprobables”. Por su parte, las autoridades del Pentágono han reconocido a su vez las nuevas imágenes como auténticas, pero señalando que en estos momentos, en plena secuela de la “crisis de las caricaturas”, su difusión sólo puede servir para incitar aún más a la violencia de los extremistas. Al mismo tiempo insisten en que aquella situación de abusos ya no existe en Abu Ghraib, y que aquel foco de comportamientos inhumanos ya fue controlado, investigado y castigado, de forma que actual­mente resulta (al menos allí) imposible su repetición.

Pero, ¿qué ocurre hoy en aquel mismo escenario? Según informa The New York Times, las propias autoridades militares norteamericanas han señalado la aparición de otro preocupante e inesperado fenómeno. Según denuncian jefes destinados en Irak, parece ser que el enorme y siniestro recinto carcelario en el que se produjeron aquellos vergonzosos hechos ha llegado a convertirse en una especie de “Universidad de la Yihad”“Abu Ghraib se ha convertido en un campo de formación en el nivel de posgrado para la insurgencia iraquí”, manifestaba un mando militar al diario neoyorquino. El mayor general John Gardner, responsable del sistema penitenciario estadounidense en Irak, y su superior, el general George Casey, máxima autoridad militar en aquel país, han puesto ya el problema en conocimiento del Pentágono, según han reconocido funcionarios de la Secretaría de Defensa. A su vez, el teniente coronel Guy Rudisill, portavoz oficial del general Gardner, informó al Times de la preocupación de sus jefes por la posibilidad de que “los extremistas e insurgentes aprovechen nuestras instalaciones de detención como centros de reclutamiento y enseñanza.”

Este perturbador fenómeno se ve favorecido por el alarmante incremento del número de reclusos en los cuatro presidios que mantienen los estadounidenses en Irak. Concretamente la población reclusa de Abu Ghraib se elevó desde los 3.563 presos de junio de 2005 hasta los 4.850 del pasado enero. En estas condiciones de masificación, el control efectivo de los reclusos resulta deficiente, lo que favorece, dentro de la prisión, la acción proselitista de los combativos predicadores de la Yihad.

Resumiendo: del descontrol que permitió repugnantes violaciones de derechos humanos se ha pasado a otro tipo de descontrol: el que hace posible, en la misma cárcel, el reclutamiento e incluso la formación en el radicalismo más desaforado de los activistas de la presente y futura insurgencia iraquí.

En definitiva ambos excesos, o ambos tipos de descontrol, conducen al mismo resultado: ambos convergen en el fortalecimiento teórico y práctico del radicalismo yihadista. Cada foto de un preso iraquí humillado, torturado, amarrado en posturas insoportables o colgado cabeza abajo, emparedado o cubierto de excrementos, yacente sobre un charco de sangre u obligado a mastur­barse mientras es fotografiado, cada uno de estos infames documentos gráficos consigue más furibundos adeptos islamistas que una docena de minuciosas lecciones coránicas. Pero, aun así, no está mal completar ese logro –el del fuerte impacto icónico- con una competente formación académica (en nivel de posgrado, según precisa el militar informante). Máxime si ese posgrado es impartido en las mismas lúgubres aulas donde el sargento Graner y la recluta Lynndie hicieron de las suyas tres años atrás.


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