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SREBRENICA, UNA DÉCADA

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en La Vanguardia (Barcelona), el día 9 de julio de 2005.


Hace diez años, Europa hubo de padecer en sus carnes una terrible crisis mucho más grave –humillante y sangrienta- que la que sufre hoy –compleja y preocupante, pero al menos incruenta-. El 11 de julio de 1995 las tropas del ejército serbobosnio, al mando del general Ratko Mladic, implacable criminal que actuaba a las órdenes directas de Radovan Karadcic –autoridad civil, pero aun más criminal-, invadieron el área de seguridad establecida por la ONU para la ciudad de Srebrenica y su territorio circundante.

Naciones Unidas, tratando de proteger a la población bosnia que huía de las masacres y violaciones masivas o era expulsada de sus casas incendiadas y arrojada a una situación de absoluta  desesperación, creó seis enclaves o “áreas de seguridad”, bajo protección de la bandera azul y blanca de la organización internacional. En tales enclaves quedaban prohibidas las acciones de guerra y la población tenía que ser respetada. Una de tales ‘safe areas’ era Srebrenica, que fue encomendada a la protección de un contingente –quizá no suficientemente fuerte y, peor aún, indeciso y pusilánime- de cascos azules holandeses.

Cuando Mladic llegó con sus tropas no respetó ni la bandera ni los controles, apoderándose de los vehículos e instalaciones de la ONU en la ciudad. La foto de los jefes y oficiales holandeses, cabizbajos, viéndose forzados a brindar y alzar sus copas junto al pletórico general serbobosnio, dio la vuelta al mundo como humillante símbolo de la impotencia internacional frente a la audacia de aquellos criminales que, contando con la pasividad de Europa y del mundo, se disponían a culminar su limpieza étnica en condiciones de la más desvergonzada impunidad.

La población civil –tanto la que trató de huir como la que se acogió a aquella supuesta cobertura- fue sometida a una rápida selección. Todos los hombres considerados “en edad militar” –entre 15 años y 65- fueron separados e introducidos en camiones y autobuses. La forma precipitada y groseramente aproximada de tal selección hizo que numerosos adolescentes de edades inferiores, todavía en los límites de la niñez pero demasiado crecidos, fueran incluidos como posibles combatientes, y, como tales, de necesaria eliminación. Igualmente, nume­rosos individuos entre los límites igualmente dudosos de la madurez y la ancianidad, fueron también víctimas de aquella trágica selección.

Todos ellos –bosnios musulmanes, civiles y desarmados- fueron transportados a determinados lugares: estadios deportivos, viejas instalaciones industriales, fábricas abandonadas, terraplenes de líneas ferroviarias, etcétera. Y allí fueron asesinados, en número situado entre 7.000 y 10.000. Esta serie de matanzas, desarrolladas durante varios días, en un radio de varios kilómetros en torno a la ciudad, incluyendo también a otras poblaciones menores, fueron englobadas bajo el nombre de “masacre de Srebrenica”. Hoy, numerosas fosas comunes, que siguen emergiendo, dan fe de aquel crimen de guerra, de aquella limpieza étnica, de aquella vergüenza para la humanidad. Y todo ello aquí mismo, en plena Europa, a menos de dos horas de vuelo de Madrid.

Algunos de los autores de aquella masacre ya han sido juzgados y condenados por el Tribunal Penal Internacional de La Haya para la antigua Yugoslavia. El general Radislav Kristic fue ya sentenciado a 46 años de prisión por su participación en la preparación y desarrollo de la masacre. Otros acusados siguen aún en manos del Tribunal. Pero los dos máximos responsables, el ex presidente de la República Sprska, Karadcic, y el jefe de su ejército, general Mladic, permanecen en paradero desconocido. Se rumorea desde hace semanas que Mladic está negociando secretamente, a través de intermediarios, las condiciones de su entrega voluntaria al Tribunal. Otros responsables, no tan directamente implicados, se entregaron en estos últimos años, sometiéndose al juicio del mismo Tribunal.

¿Qué nos queda de Srebrenica una década después? Nos quedan dos heridas no curadas aún, que taran a la comunidad internacional y a Europa en particular. Una, la de Naciones Unidas. Kofi Annan lo expresó con claridad: “La masacre de Srebrenica atormentará para siempre a la ONU.” Pero, para herida, la de Europa. La pasividad, la incapacidad, la inoperancia de Europa. De aquella Europa que brilló por su inexistencia en aquel momento crítico en que su inteligencia, su fuerza, su unidad, su capacidad de gestión y decisión, y, en caso necesario, de choque, se hicieron más necesarias que nunca ante una tragedia sufrida en su propio territorio continental. Capacidades cuya dramática carencia seguimos padeciendo, diez años después.


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