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IRAK: TORTURA Y HONOR MILITAR

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País, el día 10 de mayo de 2004.


Una vez más, unas fotografías reveladoras vuelven a situarnos frente a una trágica y escandalosa realidad. Realidad que puede resumirse en estas cuatro palabras: la tortura está ahí. Sigue ahí. Siempre está, siempre sigue, en la oscuridad, en el secreto, en esas zonas oscuras e inconfesables de la realidad humana y social. Como si un penetrante veneno incrustado en el ser humano nos atara a esa forma ignominiosa de barbarie, de manera que ni siquiera las sociedades democráticas más avanzadas lograran sustraerse a esa repugnante maldición. ¿Qué significa, ya entrados en el siglo XXI, la reaparición flagrante de este penoso fenómeno –por muy minoritario que resulte- precisamente en el ámbito de los Ejércitos occidentales más caracterizados?

Las fotos exhibidas por la CBS días atrás han sacudido a la sociedad estadounidense y a la opinión pública internacional. Las imágenes, tomadas por soldados norteamericanos en el interior de la prisión de Abu Ghraib, de siniestra memoria por los excesos allí perpetrados bajo la tiranía de Saddam Hussein, exhiben ahora las torturas, abusos y vejaciones sufridas en dicha prisión por grupos de presos iraquíes, a manos de militares estadounidenses, en los pasados meses de noviembre y diciembre de 2003.

Algunos de los presos, casi siempre desnudos y encapuchados en las imágenes, aparecen con cables eléctricos sujetos a sus genitales. Otros aparecen en posturas humillantes, obligados a simular relaciones sexuales. Otros, agrupados en grotescas pirámides humanas de cuerpos desnudos en posturas humillantes. Otra de las fotos muestra a un preso indefenso, atacado por un perro. Otra exhibe un grupo de cuatro presos desnudos con sus grandes capuchones negros, dos de los cuales, sentados en el suelo con la cabeza agachada, son obligados a soportar el peso de los otros dos, sentados sobre sus hombros y su nuca, mientras los dos de arriba son a su vez obligados a permanecer con los brazos levantados y las manos sobre la cabeza. Posturas, todas ellas, que –además de su carácter humillante y vejatorio-, al ser prolongadas más allá de un cierto limite, resultan insoportables, convirtiéndose en verdaderas torturas para las víctimas. Por añadidura, en varias de las fotos, además de los torturados aparecen junto a ellos militares norteamericanos, hombres y mujeres, en actitudes de risa y de burla. Otra foto, publicada por el New Yorker, muestra a un prisionero tumbado y desnudo, rodeado de bolsas de hielo pegadas a todo su cuerpo por cintas de plástico adhesivo. Esa situación, aparte del tremendo sufrimiento para la víctima, en caso de prolongarse el tiempo suficiente la hubiera colocado al borde de la muerte por hipotermia. Otra de las fotos, quizá la más sofisticada de las mostradas por la CBS y que ha merecido más de una portada en la prensa internacional, recoge la imagen de un preso en pie sobre una estrecha caja, con sus brazos separados del cuerpo y ambas muñecas conectadas a cables eléctricos. El permanecer en tal posición durante demasiado tiempo acabaría inevitablemente provocando el descenso de los brazos, e incluso la caída al suelo de la víctima. Pero ésta –según precisa el texto explicativo- había sido previamente advertida de que, en el momento en que su cuerpo tocase el suelo –presumiblemente mojado al efecto- la corriente de ambos electrodos cerraría el circuito a través de él, provocando su electrocución.  

Las reacciones ante la difusión pública de estas evidencias gráficas no se han hecho esperar. El general Mark Kimmit, jefe adjunto de las operaciones en Irak ha sido concluyente: “Condenamos esas acciones indignas, que no representan en absoluto a los 150.000 combatientes estadounidenses que actualmente operamos en este país.” Su argumento ha sido de fuerte peso y aplastante lógica: “Nosotros exigimos a cualquier enemigo un trato correcto para nuestros hombres y mujeres cuando caen prisioneros. Por tanto, si no tratamos digna y honorablemente a nuestros enemigos capturados, ¿cómo podemos exigir a otros países y ejércitos que traten correctamente a nuestros militares cuando caigan en sus manos?”         

Pero no han sido sólo militares norteamericanos los que han incurrido en este tipo de bajezas. También algunos de sus colegas británicos han revelado sus puntos flacos en este terreno. El rotativo Daily Mirror difunde otras fotos, en las que pueden verse a militares del Reino Unido sometiendo a vejaciones, amenazando y humillando a prisioneros iraquíes. En una de ellas puede verse a un militar británico orinando sobre un prisionero iraquí, semidesnudo y encapuchado, que sangra por la boca y la nariz. Se trata, según detalla el diario, de un joven que, una vez detenido en Basora, fue encapuchado, maniatado y brutalmente golpeado, produciéndole la fractura de la mandíbula, la nariz y varios dientes. Finalmente, tras orinar sobre él uno de sus captores, fue abandonado a su suerte, sangrando y vomitando, cerca del lugar de su detención. “Se ignora si el joven murió o sigue vivo”, precisa el Mirror.

Ante éste y otros casos (un total de siete denuncias sobre las tropas del Reino Unido siguen siendo investigadas), el jefe del Estado Mayor del Reino Unido, general Michael Jackson, ha proclamado con solemnidad y léxico específicamente británicos: “Estos hechos son incompatibles con los altos niveles morales que exigimos a nuestros militares. Los que cometen estos actos, caso de ser probados, no son dignos de vestir el uniforme del Ejército de la Reina.” (Los imputados son, por añadidura, miembros del llamado Regimiento de la Reina, de Lancashire).

En cuanto a su significado jurídico y moral, estos hechos subrayan una necesidad: la del castigo ejemplar. Los códigos militares estadounidense y británico –al igual, por cierto, que la legislación militar española, francesa, alemana, italiana, etcétera-, en línea con las exigencias de la moral militar moderna, rechazan explícitamente la aberración de la obediencia debida, obsoleto y negativo concepto –por desgracia todavía vigente en otros Ejércitos menos avanzados- que implica el cumplimiento de todas las órdenes, incluidas las delictivas, eximiendo de responsabilidad al subordinado que las obedece. Hoy, por el contrario, en los principales Ejércitos occidentales el subordinado está legalmente autorizado –y resulta obligado de hecho y de derecho- a desobedecer la orden criminal, cargando con su responsabilidad penal si comete el delito que se le ordenó. 

Esto significa que, ante los hechos que nos ocupan, no sólo aparecerán como responsables penales de estos excesos aquellos superiores que ordenaron, autorizaron o toleraron tales acciones, sino también aquellos subordinados que indebidamente las ejecutaron. Nadie podrá alegar que obedeció ordenes superiores, puesto que, si las hubo, se trató de órdenes de evidente carácter ilegal.

En cuanto al concepto del honor militar, estos hechos entran en esa categoría de actuaciones que denigran moralmente a las personas que las ordenan, a las que lo permiten, y también a las que las ejecutan. Por el contrario, la posición de ambos generales Kimmit y Jackson –si sus palabras van seguidas de las correspondientes actuaciones punitivas- son de las que dignifican su mando y su respectiva institución. Para empezar, la mujer de más alto grado jerárquico destinada en Irak, la general estadounidense Janice Karpinski, responsable del centro carcelario antes citado, ha sido destituida de sus funciones y se halla sometida a investigación judicial, al igual que otros 17 militares de diverso rango, presuntamente implicados en los hechos. De ellos, seis serán juzgados en consejo de guerra, acusados de incumplimiento del deber, crueldad, maltrato, agresión y actos indecorosos perpetrados contra los prisioneros.

Respecto a los comportamientos corporativos, la experiencia nos muestra que, ante la eventualidad de graves excesos en materia de derechos humanos cometidos por los Ejércitos, caben dos tipos de reacciones corporativas. La primera, y por desgracia frecuente en cierto tipo de sociedades, consiste en asegurar a ultranza la impunidad de los torturadores mediante todo tipo de recursos, desde las presiones, artimañas e intimidaciones (sumamente eficaces en sociedades con Ejércitos demasiado prepotentes y muy débil poder judicial) hasta la grotesca justificación de lo injustificable, considerando que es así como se protege más eficazmente a la institución. La segunda, en cambio, consiste en proceder disciplinariamente contra los culpables con la severidad propia de los códigos militares, considerando que la defensa de la institución no puede exigir la impunidad garantizada de sus integrantes sino, precisamente, el castigo de sus miembros indeseables. Es así como se defiende y mantiene el honor militar: mediante la condena de quienes lo quebrantan con graves violaciones de derechos humanos, y no escondiendo bajo la alfombra los gérmenes de podredumbre moral que puedan incubarse dentro de la institución.

En el ámbito de los mass media, estos hechos resultan también altamente significativos. Su difusión por prensa, radio y televisión vuelve a colocar en primer plano la responsabilidad y el servicio público prestado por los medios de comunicación. El silenciamiento y ocultación de estos excesos hubiera permitido mantenerlos, reiterarlos e incluso incrementarlos bajo la cobertura del desconocimiento absoluto, de la oscuridad total y, en definitiva, de la plena impunidad. Por el contrario, su divulgación informativa, al colocarlos bajo el foco de la atención pública, ha permitido someterlos al necesario escrutinio, lo que a su vez permitirá corregirlos, obligando a investigarlos, delimitarlos, individualizar a los inocentes y a los culpables, castigar a éstos e impedir abusos similares en el futuro. Una vez más, la información libre, la incómoda, la que ‘hace pupa’, la que pone el dedo en lo más doloroso de la llaga, cumple su impagable función social y moral.

El inmenso regalo recibido por Al Qaeda con esta auténtica ‘crisis fotográfica’ no se lo han brindado quienes han difundido estos excesos, sino aquéllos que los han perpetrado. Ahora Bin Laden y demás líderes integristas podrán decir a esa gran parte del mundo islámico todavía moderado, al que pretenden arrastrar al radicalismo: “Estas fotos demuestran al mundo la calaña moral de nuestros oponentes.” Frente a esta acusación, nos toca a las sociedades occidentales demostrar que realmente estos hechos son excepcionales, que no los toleramos, que nuestro concepto del honor militar los condena enérgicamente, y que somos capaces de afrontar estas vergonzosas excepciones con el debido rigor.


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