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JULIO BUSQUETS 'IN MEMORIAM'

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en La Vanguardia (Barcelona), el día 26 de julio de 2001.


La noticia, aunque esperada, del fallecimiento de Julio Busquets nos sorprendió, pues no la creímos tan inminente. Hace menos de un mes nos telefoneaba, con aparente normalidad. Su voz, con su tono de catalán reposado e ilustrado, era la de siempre. Dijo que seguía dando sus clases y atendiendo a su cátedra, y que así seguiría mientras pudiera. Comentó que ya empezaba a tener dificultades para escribir, pues la metástasis en la columna empezaba a afectarle a las extremidades. Preguntó por el avance de nuestro próximo libro y, al decirle que dentro de pocos meses podríamos darle el consabido ejemplar dedicado, guardó silencio. Hoy está claro lo que en aquel momento tuvo que pensar, consciente de que nunca llegaría a ver el libro en cuestión. Unos meses, plazo breve para nosotros, resultaban excesivos para él.

No se trata de idealizar a nadie, ni de convertir en santo al recién desaparecido. Las flaquezas, vanidades y personalismos que a todos nos afectan, también afectaron –y no poco- a Julio Busquets. No hablemos, pues, de lo que él decía que había hecho, sino de lo que hizo en realidad. Y lo que realmente hizo fue suficiente para incluirle, por derecho propio, entre los militares que más arduamente trabajaron por la democracia, ya desde mucho antes de ese período histórico al que hemos llamado la Transición.

Su tesis doctoral “El militar de carrera en España” (primera edición, 1968) constituyó una lúcida radiografía de aquel Ejército español de las tres décadas siguientes a la guerra civil. Una radiografía demasiado lúcida y sin concesiones como para salir indemne de ella en aquellas fechas, de forma que fue su segunda edición (1971) la que le valió un procesamiento por el presunto (y extravagante) delito de “sembrar la división” en la institución militar. Aunque finalmente el caso fue sobreseído, Busquets ya pudo experimentar el amargo precio que había que pagar por profundizar allí donde sólo cabía el comentario acrítico, y a ser posible ditirámbico, sobre cualquier aspecto de la institución.

Tampoco se trata de incidir aquí sobre las posteriores actuaciones, duramente controvertidas, de Julio Busquets. Su papel en la fundación de la Unión Militar Democrática en 1974 es sobradamente conocido y aparece detallado en su última obra “Militares y demócratas” (1999).  Su apoyo a un capitán de la guarnición de Barcelona, destinado en la unidad de ferrocarriles, que se negó a facilitar los nombres de los dirigentes obreros que encabezaban las reivindicaciones previas a la firma de un convenio colectivo de la Renfe, le valió un arresto de seis meses en el penal de El Hacho (Ceuta) en 1975.  Paradójicamente, este encierro le libró de ser capturado y procesado junto a los miembros de la UMD que finalmente fueron condenados y separados del Ejército en 1976.

Con independencia de los muchos aspectos discutibles, hay uno que resulta evidente: la UMD sirvió al menos para una cosa: para que la sociedad civil y la clase política se enterasen de que un cierto sector del Ejército –de extensión entonces desconocida- había conectado con las fuertes aspiraciones democráticas que, a mediados de los 70, predominaban ya en el conjunto de nuestra sociedad. Ello deshizo la imagen de un Ejército monolítico de ultraderecha -que tantos temían- capaz de impedir la llegada de la democracia, evidenciando que al menos un sector militar participaba de aquel mismo ideal. Dato tan esperanzador para las fuerzas democráticas como desastroso para las de la dictadura.

Voluntariamente retirado en 1977 para dedicarse a la actividad política, resultó elegido  dentro de la candidatura socialista por Barcelona. Como diputado se dedicó a las tareas legislativas de principal contenido militar, siempre desde la inspiración democrática y progresista que le caracterizó. Importantes reformas que se vieron fuertemente frenadas y demoradas –como la del viejo Código de Justicia Militar- fueron impulsadas por Busquets, que contribuyó a veces decisivamente, con sus persistentes gestiones, a su trámite y promulgación. Sus esfuerzos para incluir en la ley de Amnistía a los oficiales de la UMD separados del servicio tropezaron con insalvables dificultades. Ello dio lugar a su voto negativo a dicha ley, rompiendo la disciplina de voto de su grupo parlamentario y resistiendo las presiones que desde éste recibió para modificar su decisión.

Nuestras respectivas actividades académicas nos hicieron coincidir en insospechados lugares, dejándonos para el recuerdo todo tipo de anécdotas entrañables compartidas –por ejemplo- en Montevideo, San Salvador, Buenos Aires y Moscú. En estos últimos años, hablando ambos de hechos ya pasados y lejanos, recordábamos episodios tales como aquéllos en que algún compañero se manifestó duramente contra él, en alguna de las reuniones conmemorativas que, en ciertas efemérides, suelen celebrar los miembros de una misma promoción. En alguna de aquellas ocasiones, hubo quien abandonó la reunión como protesta por su simple presencia. Al preguntarle quién tuvo aquella reacción, nos respondió que no merecía la pena precisarlo. “No sería ético echarles en cara aquella conducta”, dijo, “pues aquello pasó hace mucho tiempo; ellos mismos han cambiado, y de alguna manera han reconocido que no tenían razón.”

En alguna otra ocasión, alguien aludió a los contratiempos y dificultades –arrestos y procesamiento incluidos- que él había tenido que soportar por mantener su posición democrática, dentro de un Ejército en el que ciertos planteamientos resultaban extremadamente peligrosos. Su respuesta fue absolutamente pragmática y desmitificadora: “Fue una simple cuestión de fechas. Nos adelantamos en unos años. Dijimos y escribimos aquellas cosas unos años antes de que pudieran decirse y escribirse. Aquello nos produjo problemas inevitables. Pero aquello que propugnábamos, elecciones libres y un Ejército subordinado a la democracia y al poder civil, todos lo ven hoy como normal.”

En otras palabras, pura y simple cronología. Pero hay cronologías que matan. Hay desajustes cronológicos en los que uno se juega la carrera, y tal vez algo más. Cuando uno se ve procesado y reiteradamente arrestado -él lo fue por seis veces-, así como duramente reprobado por no pocos de sus superiores y compañeros, por mantener una determinada línea intelectual y moral, el hecho de invocar el carácter cronológicamente prematuro de una arriesgada postura no disminuye el peligro ni alivia las tensiones y sufrimientos para el interesado y para su familia. La cronología explica muchas cosas, pero no anula ni disminuye los méritos de quienes afrontaron sus efectos adversos, metiéndose con plena conciencia en la boca del lobo cuando pudieron permanecer arropados dentro de la cómoda masa colectiva, dejando para otros –o para nadie- la lucha contra la inercia estamental. Máxime en unos años en que la institución militar empezaba a necesitar un importante cambio de mentalidad, de cara a la democracia que inexorablemente tenía que llegar.

Julio Busquets, coronel retirado de Ingenieros, diplomado de Estado Mayor, doctor en Sociología y catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, fue durante dieciséis años diputado socialista y miembro de diversas Comisiones del Congreso (Interior y Exteriores), y principalmente –durante toda su larga vida parlamentaria- de la Comisión de Defensa, de la que por largo tiempo fue vicepresidente. Todos estos puestos hubieran podido ser desempeñados por otra u otras personas, pues siempre sobran candidatos para ellos. Pero su papel de militar intelectual de choque, capaz de trabajar por la democratización de las Fuerzas Armadas en una época en que este propósito obligaba a nadar contra corriente y a chocar contra todo tipo de poderosas fuerzas adversas, constituye uno de esos “roles” para los que prácticamente no existen candidatos, y los muy pocos que surgen tienen grandes probabilidades de pagar un alto precio por su atrevimiento.

Busquets se atrevió y en su día lo pagó. Ello no le impidió continuar después su tarea en otros importantes ámbitos, como el de la legislación militar. Todo ello constituye una trayectoria vital que, en su conjunto, se merece el afectuoso recuerdo de quienes compartimos, con otras trayectorias personales, los mismos ideales respecto al conjunto Ejército-Sociedad, precisamente en ese marco de libertades democráticas  que él siempre propugnó con entereza y convicción.


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