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MILOSEVIC ANTE LA JUSTICIA INTERNACIONAL

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País, el día 11 de abril de 2001.


Seguro que caben diversas objeciones a la entrega de Milosevic al Tribunal Internacional de la Haya. Pero tales objeciones, todas juntas, resultan ridículamente despreciables comparadas con el significado central del acto en cuestión. ¿Qué objeciones son ésas? La primera sería la de siempre: ¿Por qué Milosevic sí y otros no? Y la última sería más formal: supuestas irregularidades en la entrega del ex dictador.

La primera de las objeciones señaladas conduciría directamente a la imposibilidad de llevar a ningún criminal ante la justicia internacional. Puesto que nunca podremos llevar ante ella a todos los autores de crímenes contra la humanidad, no llevemos a ninguno. Con esa teoría  –lo hemos dicho y escrito con reiteración- nunca se hubiera podido detener a Pinochet en Londres ni a Cavallo en México. Aunque el destino de estos criminales no sea un Tribunal Internacional, sino diversos tribunales nacionales, la objeción podría ser la misma. La teoría del “café para todos o para ninguno” conduce directamente a la impunidad, pues al no poder nunca juzgar a todos, por razones de supuesta coherencia habría que dejar a todos ellos sin juzgar. Consecuencia: impunidad total.

La segunda objeción sería la posición opuesta a conceder la extradición de un connacional: no se entrega un ciudadano propio para ser juzgado por otro país. Pero quienes así objetan olvidan que no se trata de una extradición de un presunto criminal yugoslavo a un país extranjero, sino de su entrega a un Tribunal de Naciones Unidas, a las que Yugoslavia pertenece, y cuyas normas está obligada a cumplir.

En cuanto a las formas, ¿qué circunstancias rodean esta entrega? Desacuerdos entre el Gobierno de Serbia y la presidencia de Yugoslavia. Pronunciamiento del tribunal constitucional yugoslavo, integrado por miembros designados en su día por Milosevic, en sentido lógicamente adverso a su entrega. Caso omiso de este pronunciamiento por el ejecutivo serbio, que decide la entrega inmediata sin informar al presidente de la Federación. Necesidad de asegurar los 1.250 millones de dólares de ayuda, pendientes de decisión y condicionados en no poca medida a dicha entrega, y urgentemente necesarios para la reconstrucción de un país destrozado por una década de guerras. Respuesta del gobierno serbio a esta serie de circunstancias concurrentes: entrega unilateral del sátrapa al Tribunal Internacional.

En una palabra: insignificancias coyunturales, históricamente olvidables con rapidez, pero conducentes a un resultado que no tiene nada de insignificante, y que marca un hito histórico difícilmente olvidable: por primera vez, un ex jefe de Estado, en el poder hasta hace sólo tres meses, es entregado por su propio país a la justicia internacional para responder de sus crímenes, los más graves cometidos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. De hecho, su delirante discurso, basado en el odio étnico como eficaz arma letal, constituyó uno de los ingredientes más mortíferos del drama balcánico, no liquidado aún.

Ahora Milosevic ocupa ya su celda en Scheveningen, a pocos kilómetros de La Haya. Una celda sobria pero relativamente confortable, dotada de televisión, música y cuarto de baño, y en la que podrá leer la prensa diaria y mantener contactos telefónicos con el exterior. Tendrá excelente asistencia médica, un régimen de visitas, y un trato harto diferente del que él otorgó a sus víctimas.

Sabe que no va a ser ejecutado ni torturado, que no va a pasar miedo, que nunca va a conocer los horrores del hambre y del frío. No va a pasar ninguna noche a la intemperie, empapado por gélidos aguaceros, a diferencia de los cientos de miles de familias albano-kosovares que él mandó arrojar sin compasión hacia las montañas por las tropas serbias. Personas cuya expulsión de sus hogares él ordenó, planificó y organizó en Kosovo en 1999, y que vieron incendiadas sus casas y pertenencias, mientras centenares de ellas eran asesinadas para crear y mantener el necesario clima de terror e intimidación.

Esta es la acusación inicial que pesa sobre él, pero también será acusado de otros crímenes cometidos en Croacia en 1992 y, sobre todo, de la vasta serie de asesinatos masivos perpetrados por sus sicarios, los serbobosnios Milovan Karadcic y Ratko Mladic en Bosnia, entre los que destaca la serie de matanzas englobadas bajo el nombre de “masacre de Srebrenica”, en la que miles de bosnios musulmanes desarmados, en supuesta “edad militar” (entre 16 y 60 años), fueron asesinados colectivamente en julio de 1995.

El viejo concepto, tan largamente vigente, de que todo jefe de Estado, por muy grandes que fueran sus crímenes, no llegaba a ser juzgado jamás, empieza a verse desmentido por una nueva realidad. Y en esa nueva y esperanzadora realidad se inscribe la entrega de Slobodan Milosevic al Tribunal de la Haya para la ex Yugoslavia, a modo de anticipo de lo que será, en próximas décadas, el futuro Tribunal Penal Internacional. Esto es lo que cuenta, y lo demás son minucias. La humanidad empieza a crear sus propios –aunque todavía escasos- mecanismos de defensa frente a los grandes violadores de la dignidad humana, y ello, para los demócratas de cualquier lugar del mundo, sólo puede ser motivo de esperanza y satisfacción.


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