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GUTIÉRREZ MELLADO: MUCHO MÁS QUE UN CAPITÁN GENERAL

 


Autor: Prudencio García Martínez de Murguía.

Miembro del Consejo Consultivo de la Fundación Acción Pro Derechos Humanos

Artículo publicado en El País, el día 18 de enero de 1999.


Pasada la inmediatez de los primeros comentarios necrológicos, dictados por la sorpresa, la consternación y la emotividad suscitadas por la muy dolorosa pérdida, en accidente de tráfico, del capitán general Manuel Gutiérrez Mellado, consideramos llegado el momento de la valoración analítica de su figura y su significación en el contexto en que ésta se produjo: el de unas Fuerzas Armadas directamente procedentes del régimen de Franco, y una sociedad española inmersa en el complejo trance de la transición.

Existen una cuantas cualidades que, usualmente, se le presuponen al militar profesional de cualquier ejército, de cualquier país, de cualquier tipo de sociedad: valor físico, disciplina, dotes de mando y de obediencia, patriotismo, capacidad de sacrificio, disposición -incluso- a dar la vida, en caso necesario, por esa patria que ha jurado defender. Valores, en definitiva, capaces de configurar un cierto tipo de comportamientos, en el campo de batalla y fuera de él.

Pero tales valores, tan valiosos y necesarios en la profesión de las armas, no bastan en absoluto, sino que resultan radicalmente insuficientes a la hora de hacer frente a otro tipo de situaciones y a otro género de responsabilidades. Como aquéllas, concretamente, que el general Gutiérrez Mellado fue capaz de asumir y ejercer en los años más difíciles y decisivos de nuestra transición.

Pese a su repetida frase, sin duda dictada por su sencillez y generosidad, atribuyendo cualquier mérito propio a otras instancias institucionales ("Aquel 23 de febrero sólo hice lo que me enseñaron en la Academia General"), resulta obligado señalar, en términos objetivos, que tal pronunciamiento no resiste el más mínimo análisis sociológico, dicho sea en su honor, resultando cierto sólo en un determinado aspecto de la cuestión, pero no en su sentido más profundo y esencial, como inmediatamente vamos a ver.

En aquel momento decisivo -ignorante de que las cámaras de televisión iban a inmortalizar su gesto exhibiéndolo ante la expectación pública nacional e internacional-, el general Gutiérrez Mellado actuó con valor, decisión, rapidez de reflejos y desprecio del riesgo, valores que sí pudo aprender en la citada Academia General Militar. Quienes nos hemos formado en aquellas aulas y en aquel áspero campo de maniobras sabemos que tales valores sí que forman parte del núcleo central de aquella formación.

Observemos, igualmente, que tales valores, en mayor o menor proporción -reconozcámoslo- también estuvieron presentes en los oficiales golpistas que irrumpieron en el hemiciclo, particularmente en el jefe que los encabezó. La radical diferencia, el descomunal salto cualitativo entre el general Gutiérrez Mellado y sus oponentes en aquella histórica jornada radicó en otro factor de orden muy superior: el conjunto de conceptos y convicciones que impulsaron sus actuaciones respectivas.

En efecto, cuando el entonces teniente general y vicepresidente del Gobierno se alzó de su escaño y avanzó frontalmente, solitario y desarmado, al encuentro del teniente coronel Tejero, armado y amenazante, haciéndole frente con absoluto desprecio a la pistola que empuñaba, actuó así, inequívocamente, en defensa de una serie de valores no incluidos en la lista anterior, sino en otra lista que, englobando todos los valores anteriores, añadía otros de muy diferente carácter y composición: la defensa de la democracia, de la soberanía popular libremente expresada, del pluralismo político, de la convivencia dentro de la discrepancia, y fundamentalmente, del principio básico rector de las sociedades más civilizadas: la legítima supremacía del poder civil emanado de las urnas sobre el poder fáctico emanado de las armas.  Valores y convicciones no precisamente procedentes de aquella Academia General, en la que, por cierto, y por idéntico número de años, también se habían formado -dato fundamental- el teniente coronel Tejero y otros numerosos jefes participantes en el golpe militar.

Y el hecho de que esta serie de valores añadidos, de tan profunda raigambre civil, fueran defendidos tan firme y enérgicamente por un militar profesional, frente a las acciones de otros compañeros de armas, constituye el dato clave, el que adquiere la más rotunda significación. Porque la pregunta surge de inmediato: Si no procedían de su formación académica, ¿de dónde surgieron, entonces, aquellas solidísimas convicciones democráticas que permitieron al general Gutiérrez Mellado asumir su ejemplar ejecutoria, que culminaría en su inolvidable actuación frente al golpe de febrero de 1981?

Es justamente ahí, en la respuesta a esta pregunta, donde podemos empezar a perfilar la verdadera naturaleza y significación de ese personaje excepcional que hemos enterrado apenas dos semanas atrás. Cabría pensar, al menos en principio, que tal formación, inexistente en aquella primera fase propiamente didáctica, le pudo llegar a través de otras aportaciones posteriores, aunque también procedentes de la esfera militar. Cabría mencionar, en ese sentido, sus años de trabajo a las órdenes de esa figura intelectual de nuestro Ejército que fue el teniente general Manuel Díez Alegría, sus años en países extranjeros y algunos de sus servicios de fuerte implicación internacional.

Sin embargo, aunque tales elementos pudieron de alguna manera coadyuvar al fenómeno que nos ocupa, el rigor de los datos nos obliga a descartar también esta vía como factor decisivo y fundamental. Porque también otros, y durante más tiempo, habían desempeñado puestos en países democráticos; también otros se habían beneficiado de la proximidad, e incluso de la docencia del general Díez Alegría; también muchos otros tuvieron oportunidad de ampliar sus ideas y perspectivas a través de largas permanencias en cursos y diplomaturas en países extranjeros. Y sin embargo, muy pocos de ellos participaron de su firme respaldo a la democracia en los momentos más duros de la transición. Muy al contrario, muchos se le mostraron duramente adversos a lo largo del proceso democratizador. No hay manera, por tanto, de ubicar en el ámbito castrense los orígenes de la convicción, del vigor, de la tenacidad y del infatigable empeño que el capitán general Gutiérrez Mellado puso en la defensa de los valores democráticos y de la consolidación del régimen de libertades en nuestro país.

De ahí que para nosotros, los que le conocimos y tuvimos alguna vez el honor de colaborar con él, resulte tan evidente cuál fue el factor fundamental, la característica predominante que le distinguió, determinando su ejecutoria en los años de sus máximas responsabilidades militares y políticas, e inspirando su valeroso gesto final frente a los golpistas del 23-F. Y tal factor predominante no fue otro que su propio talante individual, nutrido de un respeto profundo a sus compatriotas, discrepantes o no; su inmensa valoración de la paz y la convivencia nacional, y su vigoroso propósito de asentar en España -en una España en la que cupiéramos todos- aquellas condiciones políticas, sociales, civiles y militares que hicieran imposible la repetición de los horrores que él mismo conoció en nuestra guerra civil.

El precio que tuvo que pagar por asumir esta línea fue terrible. Cualquier militar normal,  capaz de soportar las mayores penalidades y riesgos en el campo de batalla, hubiera sido incapaz de soportar una milésima parte del castigo moral -injusto, insidioso, venenoso, demoledor- procedente de otro bien diferente origen: los ataques sistemáticos perpetrados por otros "compañeros" desde dentro de la propia institución. Y aquí fue donde el general Gutiérrez Mellado superó todos los records de resistencia, fortaleza  e integridad moral, casi hasta el límite de la heroicidad. Las grotescas censuras, las calumnias, las zancadillas, las puñaladas traperas, el continuo linchamiento moral a que se vio sometido en aquellos años desde las páginas de "El Alcázar" y "El Imparcial" (felizmente fenecidos por decisión de la propia sociedad española, a la que supuestamente iban dirigidos, pero que sabiamente les volvió la espalda haciendo insostenible su supervi­vencia), así como la serie de gritos y actitudes hostiles sufridas en las ceremonias fúnebres de numerosos compañeros asesinados, fueron para el general amargos tragos que, una y otra vez, tuvo que soportar, pero siempre sin dejarse vencer.

Sólo quienes fuimos testigos directos de aquellos reiterados y dramáticos funerales de cuerpo presente en el patio del Cuartel General, o en el mismo hospital militar, podemos dar fe del grado de tensión y hostilidad, radicalmente injusta, que el general Gutiérrez Mellado hubo de afrontar, al presidirlos en su calidad de máxima autoridad política y militar. Eran los días en los que, en las páginas del primer diario citado podían leerse citas tan innoblemente dirigidas a él como la siguiente: "Para un militar no es morir el trance más amargo; el no poder sostener la mirada limpia de sus subordinados, eso es peor que la muerte." Como si él no pudiera sostener frontalmente la mirada de cualquiera, máxime en aquellos momentos en que se dejaba la piel a tiras en defensa de los más patrióticos ideales, haciendo frente a las dos grandes amenazas -golpismo y terrorismo- que desde ambos extremos acosaban a nuestra sociedad.

Sabía que tenía la obligación de aguantar, y, soportando lo insoportable, aguantó. Con ejemplar resistencia y dignidad, soportó aquellas terribles presiones, haciendo frente a aquellas conflictivas situaciones en las que, más de una vez, debió sentir una desoladora sensación de soledad. Permítaseme, a este respecto, un breve recuerdo personal. Fue allá por 1979, en una reunión de trabajo en la que participábamos, junto a los entonces coroneles Miguel Iñiguez y Luis Pinilla, otros dos o tres jefes más, todos de su confianza. El, al llegar, nos preguntó irónicamente a los reunidos: "Aparte de los que estamos aquí, ¿hay alguien más que esté con nosotros?". Mi respuesta fue que sí, que había más (me cuidé muy bien de cualquier precisión respecto a su cuantía), y añadí que, en el enorme espacio existente entre nosotros y "el bunker militar" había de por medio una enorme masa de compañeros que, más o menos desconcertados, permanecían a la expectativa, en espera de que la situación se decantara en una u otra dirección. Añadí que aquello era lo normal en todo proceso de cambio agudo, y que era precisamente a ese gran sector intermedio y mayoritario al que había que ganar para la democracia, consiguiendo que la asumiera, ya que no con entusiasmo, sí al menos con leal aceptación.

Hoy, bastantes años después, parece claro que fue precisamente eso lo que terminó por suceder. Pero en aquellos años, la presión sobre y contra la ejecutoria del general Gutiérrez Mellado alcanzó unos niveles que muy pocos hombres hubieran podido sobrellevar.

Hay que decir, en definitiva, que don Manuel Gutiérrez Mellado fue mucho más que un destacado general que alcanzó la máxima graduación existente en nuestro Ejército. Ciertamente fue militar, y lo fue hasta el tuétano. Pero fue mucho más que eso, porque su visión del conjunto de la realidad nacional, de nuestra capacidad y de nuestros fallos, de nuestros excesos y de nuestros grandes déficit históricos en materia de convivencia, tolerancia y desarrollo democrático, junto con su empeño en superar tales deficiencias, le proporcionaron esa visión, esa altura que eleva a muy pocos hombres por encima de su condición de político o de militar, situándoles en esa categoría privilegiada, y siempre numéricamente mínima: la de los verdaderos hombres de Estado.      

Fue precisamente esa altura de miras y planteamientos la que, haciéndole  actuar con arreglo a su muy superior perspectiva, hizo inevitable el choque contra él de los sectores más inmovilistas de la institución militar. Los feroces ataques que sufrió procedían de unos militares ultraderechistas que, en el mejor de los casos -generosa hipótesis- podían ser tan patriotas como él; pero cuya visión de España era tan vetusta, tan unidireccional, tan carente de desarrollo evolutivo, tan obtusa y reaccionaria, tan raquíticamente corta e insolidaria, que sólo podían ver la ejecutoria del general como una lamentable traición a la España vencedora en 1939, incapaces de asumir y valorar el factor decisivo: el hecho de que él estaba al servicio de una España mucho mayor. Tan grande que pretendía abarcar a los vencedores y a los vencidos de aquella lejana contienda, y también a las generaciones posteriores, ajenas ya a aquella cruenta división.    

En cualquier caso, y sin perjuicio de humanas imperfecciones, ahí están los  logros del general Gutiérrez Mellado entre 1976 y 1981: por una parte, el haber sabido, aunque trabajosamente, mantener –sal­vo los conocidos intentos golpistas- a las Fuerzas Armadas dentro de los cauces constitucionales desde finales de 1978, y dentro de unos cauces mínimamente razonables con anterioridad a dicha fecha (cuando todavía ni siquiera existía Constitución). Todo ello, no se olvide, en medio de los grandes traumas producidos en el Ejército por los atentados terroristas y por la legalización de sindicatos y partidos, en especial el PCE. Por otra parte, ahí queda el resultado de su notable -aunque en algún aspecto incompleta- reforma militar: ahí está la inclusión de los tres antiguos ministerios militares en un único Ministerio de Defensa, y la designación del primer ministro civil; la imprescindible reforma y actualización de las Reales Ordenanzas (1978), introduciendo en ellas la obligada fidelidad a la Constitución y excluyendo del deber de obediencia a las órdenes delictivas, tal como algunos veníamos pidiendo por escrito desde años atrás; la necesaria revisión del antiguo Código de Justicia Militar (1980); la supresión de la censura previa para la expresión escrita de los militares (1977); la prohibición de ejercer la política de partidos para los militares en activo (1977), única forma de garantizar el necesario apartidismo de la institución; la articulación legal y funcional de la Defensa, situando el aparato militar de ésta a las órdenes directas del Ejecutivo, dando así cumplimiento al principio básico de la subordinación militar al poder civil, etc. Medidas, todas ellas -entre otras que alargarían esta esquemática relación-, cuya necesidad venía manifestándose como inexcusable y cuya realización venía demorándose desde largo tiempo atrás, precisamente por su carácter controvertido y enorme complicación.

Ímproba tarea que significó, en definitiva, nada menos que lo siguiente: situar a las Fuerzas Armadas españolas dentro de los parámetros básicos, exigidos por la moderna Sociología Militar para la correcta inserción de los Ejércitos en el marco de una sociedad democrática y plural. Ciclópeo esfuerzo de modernización, que junto con su aportación a la convivencia digna de los españoles, configuraron la inmensa deuda de gratitud que la sociedad española tenía contraída con el general Manuel Gutiérrez Mellado, y que pagó en parte con su muy merecida elevación al rango honorario de capitán general.

Esperemos que, más allá de nuestro fugaz tránsito vital -tan corto-, será la propia Historia  -tan larga- la que le sitúe para siempre en el lugar que legítimamente le corresponde, como una de las figuras excepcionales de la España del siglo XX que más y mejores servicios prestó a la paz y la convivencia nacional. 


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